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Campeonato a la Vista: Dos miradas al pasado.
por J.F.Blanco

Mirada 1: El año del diluvio.

 

Día soleado pero frío en el final del invierno andaluz. Garri Kasparov aprovecha un día de descanso en el Torneo de Linares de 1993 (que ganará con autoridad, derrotando entre otros a su viejo rival Karpov) para escaparse a la bonita ciudad de Úbeda, en donde le espera el Gran Maestro inglés Nigel Short. Nigel se ha clasificado semanas antes para enfrentarse a Kasparov por el Campeonato del Mundo, gracias a su victoria sobre el holandés Jan Timman en el Teatro Carlos III de San Lorenzo de El Escorial. No se han reunido para analizar ninguna variante de la Defensa Petrov, sino para anunciar al mundo que van a disputar dicho encuentro fuera del ámbito de la Federación Internacional de Ajedrez (FIDE).

 

La bomba informativa estalló con fuerza en el adormecido mundo ajedrecístico de aquella década, y sus efectos perduran todavía. Es fácil imaginar al calculador pero también temperamental campeón azerí (aunque de pasaporte ruso) esperando pacientemente, ciclo tras ciclo del Campeonato del Mundo, a que alguien por fin eliminara a su eterno rival para poder llevar a cabo su proyecto de separación. Nunca lo hubiera hecho con Karpov al lado, aunque sólo fuera por la aversión mutua, hoy suavizada, a la que les habían conducido más de cien partidas disputadas cara a cara.

 

En cambio, Short era un compañero de viaje adecuado, tanto por su personalidad, amante de los golpes de efecto (en cierta ocasión se presentó a jugar ante Korchnoi con el pelo teñido de amarillo canario) como por su enfado ocasional con la FIDE, que al parecer había decidido la sede de la Final sin consultarle.

 

Tanta paciencia (el deseo de segregación pudo estar en la mente de Garri ya en 1985, cuando la FIDE suspendió su primer encuentro con Karpov) supera con creces los dos años que, se cuenta, esperó Marshall para poder jugar su famoso Gambito contra Capablanca. Pero si Marshall perdió aquella partida, Kasparov ganó la suya, y en varios ámbitos, no sólo en el del tablero.

 

Como guinda y coartada de esta defección, Kasparov y Short anunciaron ese mismo día la creación de la PCA (Asociación de Ajedrecistas Profesionales), encargada en adelante de velar por los intereses de los aludidos y, de paso, organizar el Campeonato del Mundo, versión Garri.

 

La FIDE reaccionó de la única forma posible, dado el carácter irrevocable de la decisión anunciada por los disidentes: interpuso las demandas pertinentes (que no llegaron a ninguna parte), desposeyó a Kasparov del título y a Short de sus derechos de finalista (y los eliminó de la lista Elo, aunque volvieron poco después) y organizó su propia Final.

 

El efecto fue cuando menos chocante: los finalistas oficiales de la FIDE, Short y Kasparov, jugaban la final oficial por fuera de la Federación, mientras que ésta organizaba un encuentro por el título entre Karpov y Timman, precisamente los dos últimos rivales de los que el hijo pródigo (y ex-niño prodigio) inglés se había deshecho en su camino hacia dicha final.

 

Por supuesto, en esta comparación la FIDE salía perdiendo, y la recuperación del título por parte de Karpov, por muy legal que fuese, nunca llegó a ganar el reconocimiento de la comunidad ajedrecística. Efectivamente, Karpov había fracasado sucesivamente en sus intentos de retomar el título de manos de Kasparov, logrando sólo empatar uno de los cuatro encuentros disputados entre la suspensión de 1985 y el cisma de 1993. Su proclamación como nuevo campeón (tras derrotar cómodamente a Timman en Indonesia en ese mismo 1993) se antojaba así, cuando menos, extemporánea.

 

El que esto escribe tuvo ocasión de viajar a Londres en 1993, durante la disputa del encuentro entre Kasparov y Short, y constatar que muchas cosas habían cambiado desde su visita a Sevilla en 1987, con ocasión del encuentro Kasparov-Karpov.

 

Para empezar, las entradas en Londres se vendían a un precio nada simbólico, frente a las entradas gratuitas de Sevilla. Como consecuencia de lo anterior, sólo una auténtica causa de fuerza mayor hubiera permitido la cancelación de una partida completa, cuando en 1987 bastaba para ello un certificado médico, casi siempre exagerado pero admitido sin vacilación por los árbitros. Además, desaparecieron los aplazamientos a mitad de juego, algo rutinario hasta entonces al llegar a la jugada 40.

 

Por otra parte, al silencio sepulcral de la capital andaluza, mantenido de forma estricta por los espectadores, había sucedido una especie de zumbido de fondo, procedente de los auriculares en los que los asistentes podían oír los comentarios de algunos maestros ingleses. Dado que estos maestros eran en su mayoría jóvenes con un sentido del humor muy británico, era frecuente que al zumbido se sumasen las risas o carcajadas del respetable.

 

Los esfuerzos del desaparecido árbitro Carlos Falcón por mantener un mínimo de silencio durante el juego fueron estériles. Una imagen difícil de olvidar es la del propio Kasparov dirigiendo una mirada suplicante de silencio hacia alguien en los palcos superiores que no paraba de comentar la partida con su vecino. Quien quiera que fuera ese alguien, en Sevilla habría sido fulminado por la mirada láser de Garri y expulsado ipso facto de la sala de juego, y quién sabe si no hubiera pasado la noche en el cuartelillo.

 

La guinda se dio cuando Garri, tras hacer una jugada, dejó el escenario para retirarse a su zona privada. Como quiera que Short no había vuelto de la suya, la escena quedó momentáneamente vacía (si exceptuamos al pobre Falcón), lo que aprovechó una parte del respetable para intercambiar impresiones, estirar las piernas e incluso salir a buscar un refresco, como si se tratara de la final de Wimbledon.

 

Quien esto escribe volvió de Londres con la impresión de que el ajedrez había cambiado para siempre. Y en cierto modo así fue, aunque lo que había empezado como revolución se convirtió pronto en rutina: la FIDE mantenía su ciclo con la única exclusión de los dos disidentes, mientras que la PCA inventaba uno paralelo, basado irónicamente en la lista Elo de la FIDE. Ninguno de los dos ciclos podía prescindir de los jugadores de élite, de modo que éstos vivieron una corta pero intensa época de aumento de la oferta, dándose el caso de algunos, como Kamski y Anand, que tuvieron que enfrentarse en ambos ciclos, en el espacio de unas semanas, con suerte repartida.

 

Londres 1993 no se volvió a repetir, pero su huella se hizo notar ya en aquellos ciclos duplicados: encuentros más cortos, calendarios respetados, adiós a las partidas aplazadas. Después pasaron muchas cosas más, que no sólo no son el tema de este artículo, sino que para explicarlas, aunque fuera de forma resumida, darían para un artículo de varias veces la extensión de éste.

 

Aquí sólo queda decir que en aquel mismo 1993 cumplieron 18 años dos jugadores: un espigado ruso de pelo negro y chaqueta de cuero que ya empezaba a colarse entre la élite, y un búlgaro de estatura mediana y camisas floreadas que intentaba hacerse un nombre y un ELO jugando torneos en España a ritmo de marcha triunfal. Ambos harían (el ruso en ese mismo año de 1993, el búlgaro en 1994) sendas visitas a nuestra Comunidad Autónoma.

Federación Española de Ajedrez - 05-05-2008
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