El propósito de este breve
artículo es mostrar la pervivencia de un tema ajedrecístico a lo largo de los
siglos y ver de qué manera se plasmó en diversos momentos históricos y a través
de artes diversas.
Cuenta la historia de una
peligrosa seducción que se produjo en el transcurso de una partida de ajedrez.
Y vamos a verla al revés de como sucedió. Esto es, empezando por lo más
moderno.

El cuadro que encabeza estas
líneas se titula “La partida de ajedrez”[i]
y fue pintado a finales del siglo XIX por el artista italiano Gerolamo Induno. Induno
fue uno de los más conspicuos representantes del arte del Risorgimento y
su obra se centró en la elaboración de escenas de género donde mostraba la cotidianeidad
burguesa y en la representación de escenas sacadas de la literatura de la
época.
Este
es el caso de “La partida de ajedrez” que ilustra un pasaje de la obra de
idéntico título compuesta por Giuseppe Giacosa[ii]
en 1871.
La
obra, ambientada en el siglo XIV, cuenta la historia de Renato, un viejo señor
feudal, y de su hija Yolanda. Ambos viven aislados en un castillo en los
Alpes. Pese a la insistencia de su padre, Yolanda rechaza tomar marido y vive
dedicada al cuidado de su progenitor y al juego del ajedrez en el que se ha
convertido en una experta.
Un
día, la monótona vida del castillo se ve rota por la llegada de un antiguo
camarada de armas de Renato, el conde Oliverio de Fombrone, y de su paje,
Fernando. Éste es un joven apuesto y valeroso pero su orgullo molesta a Renato.
El enojo de éste alcanza su cenit cuando el joven le dice que aprendió los
difíciles movimientos del ajedrez y que nadie le supera en dicho juego.
Decidido a dar una lección al paje le insta a jugar contra su hija:
Renato Perderás,
lo predigo.
Fernando Ya veremos, ¿y la apuesta?
Renato ¿La apuesta? Si vences te daré por esposa
a mi hija Yolanda.
Fernando ¿Y si pierdo?
Renato La muerte
Fernando La oferta es demasiado buena para aponerle
un reparo.
La
partida pronto toma mal cariz para Fernando quien rápidamente pierde una pieza.
Pero Yolanda, mientras juega y conversa ocasionalmente con el joven, se va
enamorando de él. Comienza a advertirle sus jugadas débiles, pero al darse
cuenta de que ni aún así va a lograr Fernando superarla, empieza ella misma a
hacer jugadas flojas hasta quedar en una posición desesperada. Este es el
momento elegido por Induno para su obra. El diálogo que se desarrolla es el
siguiente:
Renato Fernando,
escúchame. Suspende el juego. Estaba loco cuando te lancé este desafío. Elige entre mis castillos, el más grande, el más
rico, es tuyo. Pero cancela este pacto imposible. Devuélveme el compromiso. Te
haré rico y noble… Es un padre quien te lo pide.
Fernando Señor,
ante tal oferta solo tengo una respuesta: amo a su hija. Conde, tengo su
palabra.
Yolanda,
temiendo quizá la insistencia de Renato, mueve ella misma una pieza de Fernando
y se da jaque mate. El drama ha terminado, Fernando y Yolanda contraerán
matrimonio.

La
obra obtuvo un gran éxito en Italia. Si el amable lector desea hacerse una idea
de cómo se representaba, la foto recoge una función de 1873, por tanto casi contemporánea
a la publicación del libro, a cargo de la compañía de Luigi Bellotti-Bon.
El
pintor ha tomado buena nota de lo descrito en la obra. Si comparamos el cuadro
con la acotación que abre la obra, tomada directamente de la versión de
Francisco Villaespesa, veremos la fidelidad con que el pintor ha seguido al
escritor:
Una sala en el castillo de Renato, con las paredes
cubiertas de tapices, y el techo de madera artesonada. A la derecha una amplia
chimenea, en cuyo frontispicio aparecen pintadas las armas de la casa. Frente a
la chimenea, a la izquierda, una gran ventana, con vidrieras emplomadas. En un
ángulo de la estancia, junto a la chimenea, se abren dos puertas gemelas: una
conduce a las habitaciones interiores, y la otra a la escalera. Escabeles,
sillones de alto respaldo, cubiertos con cojines blasonados. Doseles de seda.
Bancos y arcones de madera tallada. En el primer término de la izquierda, una
mesa con un juego de ajedrez.
Giacosa
dice en el prólogo de su obra que se ha inspirado en una antigua fábula para el
argumento de su historia. La fábula en cuestión es un antiguo cantar de gesta
francés del siglo XIII: Huon de Burdeos[iii].
En
efecto, la inspiración en el antiguo cantar es evidente. El libro cuenta las
desventuras de Huon que, víctima de una traición, incurre en la enemistad de
Carlomagno quien le impone una serie de pruebas aparentemente imposibles de
cumplir para otorgarle el perdón. Con la ayuda de Oberón, rey de las hadas, va
consiguiendo superarlas.
La aventura ajedrecística tiene lugar cuando Huon es
capturado por el emir Yvorin. Como en la obra de Giacosa, el rey pregunta a
Huon qué oficios sabe desempeñar. Huon se jacta de dominar muchas artes entre
ellas: “se me dan bastante bien las tablas y el ajedrez, juegos en los que no
creo que nadie pueda superarme”. El emir, molesto por la vanidad de Huon le
propone lo siguiente:
…me gustaría ponerte a prueba en el ajedrez. Tengo una
hija de gran belleza, tan maestra en el ajedrez que aún no ha conocido la
derrota. Por Mahoma que jugarás con ella con las siguientes condiciones: si te
da jaque mate, te cortaré la cabeza; y ahora viene la contrapartida: si
consigues que mi hija se declare vencida, entonces prepararé un lecho en mi
cámara para que pases la noche con ella a todo tu placer, y, a la mañana
siguiente, apenas sea de día, tendrás cien libras de mi tesoro para lo que
quieras.
Huon,
al igual que Fernando, pronto demuestra su ineptitud para el juego y queda en
posición desesperada. Pero al igual que ocurrirá seiscientos años después, la
hija del emir Yvorin se enamora de su rival y se deja ganar para salvarle la
vida.
Lo
que ocurre después difiere con respecto a la obra del siglo XIX: Huon, a pesar
del comprensible enfado de la princesa, acepta el dinero pero rehúsa pasar la
noche con su salvadora. ¡La verdad es que así no se comporta un caballero!